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27 Ago

Los profesores y la investigación de la educación matemática Reportaje: Conexión entre la investigación y la enseñanza (I) P. Z. / F. M.

Foto: Sergio Palominos

 Cuando se le pregunta cuáles son sus expectativas sobre los cursos y talleres de perfeccionamiento que comúnmente debe tomar como docente, Juan Fernández, profesor de la Escuela Grenoble  de Quinta Normal, opina: “A veces los cursos de perfeccionamiento se vuelven repetitivos. Incluso llegas a pensar que no hay nada nuevo y llegas con una desazón a enfrentarlos”.

Los docentes chilenos están habituados a participar constantemente en cursos, talleres, observación y grabación de sus clases u otras formas de perfeccionamiento continuo. Se busca mejorar su preparación para impactar a través de ellos la calidad de la educación, por eso los profesores reciben una importante presión para someterse a constante revisión y mejoramiento. El problema es que esas instancias educativas no siempre dejan una huella en sus carreras profesionales.

“Se les pide que cambien constantemente. Pero no es tan obvio que esos cambios vayan a resultar, muchas veces tampoco se sabe en qué están basados. A veces se impulsa a los profesores a botar lo que ya sabían de antes: tienen que renegar y cambiar su modelo previo, y eso no siempre es bueno”, manifiesta Leonor Varas, directora del proyecto bilateral de educación entre Chile y Finlandia  y directora del Demre de la Universidad de Chile.

Además de los cursos, existen otras maneras para que los docentes aprendan y mejoren. Una de esas formas es participar en investigaciones sobre educación. Son proyectos donde la voz del profesor es esencial y, a la vez, el profesor se beneficia significativamente como educador.

Cómo los profesores contribuyen a la investigación sobre educación (y cómo los profesores se benefician también de la investigación)

La investigación sobre educación es un campo de estudio interdisciplinar. Allí confluyen profesionales con diversas profesiones y experiencias: psicólogos, antropólogos, sociólogos, economistas. ¡Incluso los biólogos con la llegada de la neurociencia! Y así debe ser, no se puede investigar la educación aisladamente si se quiere lograr un resultado contundente y objetivo.

En medio de esa fuerte diversidad, los profesores agregan un matiz único y esencial: “El mayor aporte de los profesores es el conocimiento de su propio contexto y su visión sobre el fenómeno educativo”, explica Rodrigo Ulloa, formador de profesores e investigador de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC). “Ellos mejoran nuestras hipótesis para que estas sean más funcionales y también nos validan observaciones que les planteamos”.

Existe un aporte directo de su conocimiento pedagógico, que han adquirido en la práctica directa con los estudiantes. Además, los profesores tienen una tendencia natural al análisis, propia de su profesión. Se preguntan, por ejemplo, ¿por qué está pasando eso en la clase ? ¿por qué le va mal a este curso?

Los docentes conocen un espacio íntimo, inaccesible para la mayoría: la sala de clases. Incluso si alguien externo observa una clase directamente, gran parte de la experiencia de aula permanece únicamente entre el profesor y sus estudiantes. Una parte importante de esa realidad permanecerá siempre oculta para los ojos de un observador externo, incluso para los observadores expertos que son los investigadores educacionales.

Por este aporte especial que sólo un profesor puede hacer, su involucramiento en la investigación genera muchas opiniones positivas por parte quienes dirigen esos estudios. “Tienen un espíritu crítico, que es fundamental en investigación, son escépticos y cautos: miran de manera objetiva lo que pasó, por qué pasó y cuáles fueron las variables claves”, señala Salomé Martínez, investigadora del Centro de Modelamiento Matemático de la Universidad de Chile.

Por otra parte, los profesores también se benefician de participar en las investigaciones: “Los profesores se empoderan del conocimiento que se está produciendo cuando participan directamente”, resalta Paulina Araya, profesora de matemática e investigadora del Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE). Además, “los profesores se vuelven más reflexivos”, acota la investigadora.

Al recordar su participación en el proyecto Resolución de problemas de final abierto en clases de matemática, el profesor Juan Fernández señala: “Por ejemplo… estuve con Patricio Felmer, que es premio nacional de ciencias y que nos capacitó como parte del proyecto. Pero no parecía una clase, porque se forma una relación de igual a igual. Te das cuenta de que esta eminencia, que te entrega y comparte sus conocimientos, es igual que tú. Puedes conversar sin tener la sensación de que esa autoridad te puede reprimir en algún momento. Y se nos dejó hacer. Hay un respeto de que puedes aportar como profesional. Se equilibró la balanza y estábamos de profesional a profesional. No había nadie que se destacara más que otro”.

Desafíos pendientes

Pese a todas estas ventajas y potencialidades, investigar es una tarea ardua para un profesor en ejercicio. Este tipo de actividad carece en Chile de consideración y reconocimiento suficiente. Por ejemplo, participar en investigaciones sobre educación no contribuye directamente al progreso de los profesores en el Sistema de Reconocimiento del Desarrollo Profesional (SRDP) propuesto en el Proyecto de Ley de Desarrollo Profesional Docente (Mineduc, 2015). 

Al menos, la voluntad de los profesores nunca falta. Ya sea para participar como investigador utilizando el escaso tiempo libre que tienen, o cuando se les pide estar al otro lado del proceso, siendo los sujetos investigados. Como señala Salomé Martínez: “¿Qué otra profesión te deja mirar, participar y filmar sus actividades, siempre con la voluntad de cambiar y mejorar lo que están haciendo?”

 La investigación y la educación se alimentan, pero no son lo mismo

Concuerda con ella Horacio Solar, profesor e investigador de la Pontificia Universidad Católica (PUC): “Para ser profesor o para trabajar en una investigación, no considero que los profesores deban tener un doctorado o magíster. Creo que el profesor tiene una mirada del aula que se debe rescatar. De esa mirada han salido muchas ideas que se han materializado”.

Por su parte, Rodrigo Ulloa señala que hay expertos que insisten en que el profesor tenga un comportamiento, códigos y prácticas similares a las de un académico. Pero reconoce que no tiene sentido, pues “la escuela y la universidad son instituciones muy diferentes”.